Incapacitada por el teléfono móvil

El Juzgado de lo Social de Madrid ha declarado la incapacidad permanente y absoluta de una trabajadora de la Facultad de Económicas de la Universidad Computense de Madrid por sufrir el síndrome de fatiga crónica y de hipersensibilidad electromagnética y ambiental.

Cuando una persona sufre dolores de cabeza, mareos, fatiga, naúseas, palpitaciones e incluso alteraciones digestivas al estar en la órbita de un teléfono móvil o cualquier artilugio que emita ondas eléctricas o magnéticas, esa persona no está en condiciones de trabajar. Una sentencia pionera así lo reconoce.

La mujer trabajaba como auxiliar de servicios desde 1989 y el año pasado le diagnosticaron su extraño mal. EL equipo de valoración de incapacidades también advirtió que padece enfermedad celiaca y fibromialgia. Pese a ello, el Instituto Nacional de la Seguridad Social rechazó concederle la incapacidad permanente, al considerar que la paciente no presentaba reducciones anatómicas o funcionales que disminuyeran o anularan su capacidad laboral.

Así que la trabajadora optó por ir un paso más allá y recurrió a la Justicia. Tras un juicio, el juez considera que la clínica probada es de entidad suficiente para impedirle el desempeño de sus tareas habituales con adecuado nivel de profesionalidad y rendimiento. Así que le concede una pensión equivalente al 100% de la base reguladora. La sentencia, siendo pionera, aún no es firme ya que cabe recurso ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid.

Segú ciertos estudios, en España hay cerca de medio millón de personas que pueden padecer algún grado de hipersensibilidad magnética y ambiental. El hecho de que no esté plenamente reconocida provoca que, en muchos casos, los enfermos sufran, además, la incomprensión o incluso el rechazo de muchos médicos que desconocen su existencia.

Teléfonos móviles, wi-fi, líneas de alta tensión e incluso las emisiones de todo tipo de electrodomésticos les provocan mil males. Desde desorientación hasta migrañas, pasando por vómitos y diarreas. No hay más cura que alejarse de las malditas ondas, lo que a menudo implica casi aislarse del mundo.

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